La competencia entre las empresas y entre las personas
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Recientemente he tenido oportunidad de leer una artículo del psicólogo Adrian Furnham sobre competencia y competitividad entre las personas (en su significado relacionado con la rivalidad) que me ha hecho recordar viejos tiempos. Bueno, no tan viejos, pero que ya creía olvidados. Me refiero a la década de los 90 y la crisis que entonces vivimos, con tasas de desempleo incluso mayores que las actuales (de momento) y un desmantelamiento empresarial que daba escalofríos.

Debido a las dificultades para encontrar empleo, el modelo cultural que los recién titulados  teníamos era el de la hiper-competencia. Eras tú o el otro. Cuestión de supervivencia. Tenías que destacar, sobresalir, ser el mejor, y una vez dentro, intentar subir y subir. Era la filosofía que lo impregnaba todo, había que aspirar a ser JASP, o mejor yupie. Por suerte, fue un modelo que se diluyó en poco tiempo.

En el mundo económico la competencia entre empresas tiene sus ventajas. Permite que el cliente se beneficie de las mejoras que las empresas tienen que ir implementando para poder diferenciarse. Pero también sus desventajas, porque puede dar lugar a una competencia destructiva, por ejemplo, cuando se enzarzan en una espiral suicida de bajada de precios.

Y entrando más en detalle, en lo particular, entre las personas que trabajan en las empresas, la competencia se entiende de muy diferentes formas. Como casi todo, depende de la cultura y valores que se cultiven y promuevan. El algunas, conscientemente o no, se fomenta la competencia indiscriminada, el ganar a cualquier precio. Son empresas en las que la convivencia también es cuestión de supervivencia.

Pero lo más habitual es no gestionar este aspecto y quedarse en un equilibrio intermedio, un “ni fú ni fá”, y dejar que se autorregule mediante las interrelaciones entre las personas, como ocurre en “la vida real”.

Sin embargo, también de este aspecto se podría sacar partido. La competencia moderada entre las personas puede ser positiva y una fuerza relevante para la empresa. Para ello es importante que sea constructiva y que esté sometida a un valor más fundamental: El respeto por las personas que la integran. Si nos ponemos a hilar fino, incluso quizás podamos desarrollar y gestionar una “competencia colectiva o grupal”, en la que sean los equipos los que compiten de forma constructiva en la consecución de los objetivos.

Complicado asunto el de la competencia y la competitividad. Y más ahora, que la escasez parece que nos acompañará durante un tiempo. Quizás debamos replantearnos el propio concepto desde su base, con iniciativas como la “Economía del bien común“, de la que nos hablaba Mikel hace unos días.


Comments

La competencia entre las empresas y entre las personas — 1 Comment

  1. Muy interesante reflexión la de Luis sobre la competencia, el tema central de este artículo de Adrian Furnham que, por cierto, casi siempre despierta el interés del lector. Os lo recomiendo.

    Me quedo con las dos vertientes de la competitividad: la personal de cada uno, que puede manifestarse claramente (o no) en el día a día laboral, y la competitividad en el mundo empresarial e incluso en el institucional, a la que alude Luis. En el primer caso, y en términos estrictos de competitividad, me refiero a ese impulso que tenemos muchos de los que aportamos nuestro granito de arena a este blog de competir con uno mismo, de siempre querer hacer las cosas mejor, de desarrollarse constantemente como persona y como profesional. Se manifiesta tanto fuera del trabajo como dentro, y creo que tiene mucho que ver con el artículo de Patxi de hace ya un tiempo, lo de “se buscan optimistas para trabajar”, ya que los que sentimos ese impulso de hacer las cosas bien y cada vez mejor solemos ser del tipo optimista que busca Patxi, a diferencia de los DTLV (clan cuya expresión preferida ante la idea de hacer las cosas de otra forma suele ser que lo “De Toda La Vida” siempre es mejor), que suelen aceptar el status quo y que, en plan avestruz, hunden la cabeza en la arena ante la implacable realidad de tener que hacer algo diferente. O sea, competir con uno mismo… a veces, eso sí, frustrante, y más en estos tiempos que corren, pero lo que no se renueva se estanca.

    Y, ¿la competitividad a nivel de organización? Pués, a mí, reconozco, me resulta difícil separarla de la sostenibilidad, ese término omnipresente hoy día en el mundo de la Excelencia/ la gestión avanzada, cuya existencia tal vez responda, si se me permite una analogía con una empresa productora de helados, de la necesidad de sacar un sabor nuevo cada temporada utilizando los mismos ingredientes pero algún aditivo nuevo. Es decir, si una organización no es competitiva en el mercado, ¿se podrá sostener? Y cuando digo competitivo/sostenible lo digo en todos sus sentidos (con la posible excepción del medioambiental): en su política laboral, de precios, de marketing, bla bla bla.

    Suavicemos los términos. En vez del concepto de solamente competir con otras organizaciones, igual mejor hoy día utlizar lo de “coopetir”… es decir, cooperar de forma mutuamente beneficiosa, de tal forma que las dos partes puedan competir mejor en sus respectivos mercados (lo cual excluye el benchmarking entre rivales directos, claro está). Y aquí en Euskadi, a nivel de realizar actividades de benchmarking internacional para poder competir mejor y desarrollarnos como organizaciones, ¿estamos beneficiándonos en estos momentos de todas las mejores prácticas de gestión que existen por allá en Europa? ¿Tenemos toda la curiosidad que deberíamos tener, a nivel del sector que sea, de desenterrar y/o descubrir qué están haciendo las organizaciones vecinas europeas nuestras en términos de mejores prácticas, o nos estamos autocomplaciendo con todos los reconocimientos EFQM bien merecidos que hemos recibido? Pregunto… eso sí, en voz alta. Porque, como todos sabemos, para seguir compitiendo hay que seguir aprendiendo, y si nos conformamos con aprender a, y compararnos con, los mejores de casa, por Prize o Award que hayan ganado en el Premio Europeo,… pués, eso es un tanto endogámico, ¿no os parece?

    En fin, ¿estamos maximizando nuestra competencia de competir? ¿O seré yo un imcompetente?

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